sueño, transmitido por Panamericana Televisión. Decidí ceder a mi morbo (lo cual, admito, sucede más a menudo de lo que resulta recomendable) y verlo un rato, osea, cinco minutos. (Mi morbo quedó satisfecho rápidamente.) Durante esos minutos caí en cuenta de que esta modalidad de programa de entrenimiento ya la había visto antes, pero no exactamente de esta manera, sino crudamente deformada, y no en televisión abierta, sino en la película de 1987 The running man, protagonizada por un joven Arnold Schwarzenegger.La pregunta es, claro, ¿cuál es la conexión entre el programa de entrenimiento de los sábados por la noche y la película ochentera? Veamos.
Bailando por un sueño es una franquicia internacional del gigante mexicano Televisa que también está presente en Colombia, Argentina, El Salvador y Costa Rica. El programa cae en la categoría de programas concurso à la American idol gringo, sólo que los participantes (soñadores, en el argot del juego), en lugar de cantar, bailan, y lo hacen acompañados por una pareja miembro de la farándula local (un famoso). Por lo demás, el sistema es muy similar: hay una ronda de elección inicial para escoger a los que serán participantes del programa, hay un jurado que evalúa su desempeño y la competencia transcurre a lo largo de varias fechas de eliminatorias donde se descartan, progresivamente, a las parejas menos votadas por el jurado y por el público televidente.
Los participantes de Bailando por un sueño entran al concurso para poder, en caso resulten ganadores, cumplir su sueño (de ahí el nombre, perspicaz lector). Algunos de los sueños son (datos extraídos textualmente de la página web oficial del programa):
- fundar una ONG en Iquitos para ayudar a gente de escasos recursos económicos a salir adelante en la vida
- poder celebrarle a su esposa la boda religiosa que nunca pudo por problemas económicos
- estudiar la carrera de Ciencias de la Comunicación para ser una profesional y poder darle una vida digna a su hijo
- poder ser una profesional y estudiar la carrera de Diseño para adquirir una casa propia para su familia
- lograr la independencia económica para poder criar a sus hijas
- fundar su propia academia de baile para poder repatriar y darle estabilidad económica a sus hijos
Hasta aquí, todo bien. Dejando de lado lo ilusorio de algunos de estos propósitos, son, sin embargo, nobles, de superación personal y de ayuda. Conseguir, bailando, los recursos económicos para realizarlos es sin duda una forma tremendamente inusual de hacerlo, pero al menos los sueños no son cuestión de vida o muerte, ni de diferencia entre curarse o no de una enfermedad grave. ... ¿O sí lo son? Estos son los sueños de otros tres participantes:
- poder brindarle un tratamiento médico y posiblemente una operación a su tía minusválida por poliomelitis
- operarse los ojos para no quedarse ciega y poder seguir luchando para criar a su hijo de 6 años
- poder pagar las cirugías reconstructivas de la piel del vientre de su esposa peruana, que sufre un cuadro de necrosis
- poder pagar la costosa operación para extirpar un tumor en el útero a su madre
La cosa se pone más seria, entonces. La salud de la madre, la esposa y la tía dependen -atención con esto- de qué tan bien baile el participante. En otras palabras, la mujer que está perdiendo la vista la perderá si no baila una cumbia suficientemente bien; y la madre del participante con tumor uterino no podrá operarse si éste no quiebra suficiente la cadera bailando una salsa.
No sé ustedes, pero yo encuentro este espectáculo macabro.
Tan macabra como la trama de The Running Man. Dirigida por Paul Michael Glaser (Starsky, en la serie setentera Starsky and Hutch), la película es una adaptación del libro del mismo nombre escrito por el reconocido escritor estadounidense Stephen King y publicado en 1982. La premisa es que en el año 2017, en un futuro distópico (algún día postearé sobre
literatura distópica, que es una de mis preferidas), el protagonista, Ben Richards, necesita dinero para compar las medicinas que su hija, gravemente enferma, requiere. A falta de otros recursos, y para evitar que su esposa continúe prostituyéndose, Richards decide participar en uno de los inmensamente populares juegos que organiza y televisa la Federación de Juegos. Éstos tienen como característica común someter a los participantes a pruebas crueles que despiertan el morbo de la audiencia, lo cual les vale su amplia popularidad. Los juegos incluyen, por ejemplo, hacer correr a un hombre con problemas cardíacos en una faja para probar su resistencia o nadar con cocodrilos. Richards participa en el juego más popular de todos, The running man. En éste, los participantes son declarados enemigos del estado, se les da doce horas de ventaja y deben huir de un grupo de mercenarios que busca cazarlos y matarlos. Con cada hora que pasa, cada concursante gana $100 si permanece vivo, $100 más por cada policía o cazador que mate y $1 millardo (mil millones) si sobrevive durante treinta días.El paralelo entre The running man y Bailando por un sueño es evidente. Claro, los métodos de este último no son tan crueles ni apelan al morbo (excepto al mío, tal vez) del expectador para ganarse la audiencia como los del primero, pero, con la popularidad de la que gozan este tipo de programas en la actualidad -y lo redituable que resultan para los productores- y tomando en cuenta que, para retenerla, es muy posible que tengan que agregar elementos cada vez más novedosos y arriesgados, entonces no es del todo inconcebile que realidades distópicas como la de The running man sea la evolución natural del inofensivo Bailando por un sueño.
Así que olvídense de títulos profesionales, de libros y discusiones académicas. Si quieren ser capaces de sobrevivir en el futuro, aprendan a bailar cha-cha-chá.
Vémosnos!
