
Curiosamente, el rechazo a los libros y cualquier incitación al pensamiento no fue iniciado por el gobierno, sino por el pueblo. Pensar no contribuía a su felicidad inmediata y la "búsqueda de la felicidad" perdió brillo frente a la posibilidad de una existencia continuamente provista de estímulos para ni siquiera recordar qué significa la infelicidad. El gobierno simplemente actuó según el deseo de la mayoría. Esta es una diferencia clave con las novelas acerca de distopías (utopías que parecen, pero no son), donde el "condicionamiento" para ser feliz nace del gobierno, no del pueblo.
El título del libro se refiere a la temperatura a la que un libro entra en combustión, 451 ºF, y al número de la compañía de "bomberos" a la que pertenece el protagonista de la novela. Son "bomberos" y no bomberos porque su trabajo no es apagar incendios, sino empezarlos. Y no cualquier incendio, sino quemas públicas de los libros prohibidos: Shakespare, Russell, la Biblia..., como lo hicieron en su época los Nazis.

Curiosamente, el mismo Fahrenheit 451 ha sido censurado muchas veces desde su publicación. Sobre esto, al margen de lo genial de la novela, los comentarios finales de Bradbury muestran una pasión impresionante por los libros y eso me llamó la atención. En el coda de la edición que leí (edición Del Rey, 50 aniversario), hay un comentario contra todos los grupos minoritarios que le han escrito a lo largo de los años, pidiendo que modifique su novela porque no se ven representados en ella. Bradbury responde:
"[...] For it is a mad world and it will get madder if we allow the minorities, be they dwarf or giant, orangutan or dolphin, nuclear-head or water-conversationalist, pro-computerologist or Neo-Luddite, simpleton or sage, to interfere with aesthetics. The real world is the playing ground for each and every group, to make or unmake laws. But the tip of the nose of my book or stories or poems is where their rights end and my territorial imperatives begin, run and rule. If Mormons do not like my plays, let them write their own. If the Irish hate my Dublin stories, let them rent typewriters. If teachers and grammar school editors find my jawbreaker sentences shatter their mushmilk teeth, let them eat stale cake dunked in weak tea of their own ungodly manufacture."
Fuerte, ¿no? Bradbury es un tipo que escribió su novela en el sótano de una biblioteca pública, alquilando máquinas de escribir por 10 centavos cada media hora. Así que cuando alguien critica su libro, no por sus ideas, sino porque le parece que no tomó en cuenta el punto de vista o la simple existencia del particular grupo al que pertenece, Bradbury ataca. Termina el comentario con esto:
"All you umpires, back to the bleachers. Referees, hit the showers. It's my game. I pitch, I hit, I catch. I run the bases. At sunset, I've won or lost. At sunrise, I'm out again, giving it the old try.
And no one can help me. Not even you."
El libro es muy, muy bueno y lo recomiendo fuertemente. Si han leído a Huxley (Brave New World), a Atwood (The Handmaid's Tale), a Orwell, les va a interesar. Todos los que critiquen a los medios por transmitir basura, van a encontrar eco en este libro. Y todos los que crean que no hay solución alguna, tal vez algo de esperanza.