sábado, 15 de mayo de 2010

Taxi

Av. Bolívar, San Miguel, 6 a.m. de un sábado de mediados de Mayo, después de dejar a una pareja de amigos en su casa. En algunos días de inicio de invierno, a esa hora de la mañana, el cielo de Lima no ha tomado aún su característico color gris; es, mas bien, de un celeste bien diluido. Corre un poco de viento y el aire diáfano ayuda a desperezarse. Levanto el brazo y el taxi para frente a mí.

- Buenos días. ¿A la altura de Sedapal? Pasando el puente, a dos cuadras, hacia la derecha -suelto de un solo tirón.

Un hombre de unos 45 años está al volante: pelo corto, bien afeitado, casaca de denim y bufanda. No se le nota cansado: al parecer, recién ha salido a trabajar.

- Hmm... diez soles -me responde el chofer, de trato amable.

- Listo, vamos -respondo antes de subir en el asiento posterior de la station wagon blanca.

El volumen de la radio está un poco alto para mi gusto, tocando alguna salsa que no conozco (lo cual no es sorprendente, porque conozco pocas). No le pido al chofer que baje el volumen. Avanzamos por la Av. Universitaria, en dirección a La Marina, y, llegando al cruce con La Mar, el taxista súbitamente apaga la radio.

- Mira eso -me dice, apuntando con la mano hacia un auto rojo deportivo, detenido delante de una patrulla policial. -Un carro así, a las seis de la mañana de un sábado... el tombo sabe que el chofer no está yendo a chambear, que seguramente recién regresa de salir anoche y que de repente está ebrio. Ahora mira cómo se baja el chofer del auto, va a la patrulla, les deja algo por la ventana y vuelve a su carro. ¡Pendejo! Ser tombo en el Perú es una chamba maldita, loquito. Yo fui policía ocho años de mi vida, los peores ocho años. Por eso te lo digo sabiendo.

- Ocho años, es un montón -es lo único que atiné a decir.

- Ocho años, hermano. Y he visto cada cochinada adentro. Eso no lo muestran. A nosotros nos mandaron de entrenamiento al Medio Oriente. Fuimos veinticinco para allá. Y corría droga como mierda, loco.

- ¿Tanto así?

- Sí, hermano, habían varios que ya eran cocainómanos. Por eso te digo: los peores años de mi vida. Por un tiempo me delegaron a Huachipa, a cuarenta minutos de Lima, así que nos mudamos, toda la familia. Ahí, como máximo, el 10% de la gente tenía secundaria completa; te hablo de secundaria, ni siquiera de estudios superiores. Allá el abuelo tenía hijos con la nieta, el padre con la hija. Era común. A veces los vecinos venían a denunciarlos. Pero mi superior me decía: "Qué quieres hacer; detienes al padre por violar a la hija y la familia se queda sin plata para comer, así que una semana después ves a la hija puteando a la entrada de Huachipa y fácil hasta a la madre; o llega el amante de la esposa, se la tira ya tranquilamente y por ahí también se tira a la hija. Déjalo así, no hay nada que hacer. Si viéramos al pata violentando a la chica, ahí es otra cosa, ahí lo reventábamos." Y, loco, lo peor es que tenía razón. Qué vas hacer en una situación así. ¿Cambiar el sistema? No pues, eso no podíamos.

- No pues, ese problema no tiene solución fácil.

- No, no tiene. Y lo que me decía mi superior era lo que era lógico hacer, era la solución real. Pero yo era policía, hermano. La lógica me podía decir que lo correcto era no hacer nada, pero quedarnos de brazos cruzados era inhumano. ¿Cómo les decía después a mis hijos -tengo dos hijas y dos hijos- que al padre que violó a su hija no le íbamos a hacer nada, para no perjudicar más a la familia?

- Te entiendo, cómo le decías a tus hijos que la opción lógica no era la moral. Jodido.

- Sí pues. El nivel de educación en el país es triste, loco. Los taxistas compran sólo diarios chichas, "Ajá" y "El Trome", y ni siquiera lo leen todo. Yo los he visto. Sólo abren la penúltima página para ver el horóscopo y la última, para ver la calata. A veces buscan avisos de alquiler de carros para taxear. Pero nada más. Ya sabes cómo es: aquí lo que vende es la foto del accidente con la sangre en la pista. La noticia no importa, aquí lo que importa es la foto del muerto, del tipo ensangrentado.

- Eso es herencia del control de la prensa en la época de Montesinos.

- Ah, claro. De ahí viene toda esa basura.

- ¿Y cómo así dejaste la policía?

- Me hicieron dejarla. Pero mejor así. Mira, hace unos años, cuando ya estaba de vuelta en Lima, le pedí permiso a mi superior para ir a un clásico en un día de servicio. Por cuarenta lucas, me dijo que ya. Así que me fui con mis dos hijos, y con un amigo, también policía. Uno de mis hijos es de la U y el otro del Alianza. Cada uno fue con la camiseta de su equipo. Estábamos en La Victoria, caminando al estadio del Alianza y, loco, se nos cruza una barra brava aliancista.

- Ala. ¿Y?

- Al toque mi pata metió a mi hijo menor a una bodega que estaba abierta. Yo ya estaba por meter al otro, el que tenía la camiseta de la U, pero la dueña de la bodega cerró la puerta y bajó la malla metálica. Así que me quedé en la calle, pues, con mi hijo y la turba que avanzaba. Ya nos habían visto y nos gritaban "gallinas" y se iban acercando. A mi hijo lo tenía detrás mío y me decía "¡papá, qué hacemos!". Felizmente había llevado mi [arma] reglamentaria, así que hice dos tiros al aire, los de reglamento, pero desde la turba alguien gritó "¡es de fogueo!", así que siguieron acercándose.

- Pucha, ¿y qué hiciste?

- Uno de los barristas, un mocoso de no más de diecisiete años, vestido con la camiseta del Alianza y con una pañoleta en la cabeza, se acerca a nosotros y se saca de la espalda un machete del largo de un brazo. ¡Un machete, hermano! Comienza a sacar chispas golpeándolo contra la pista mientras se siguen acercando. Por ahí vi una reja y le dije a mi hijo que se trepe. El mocoso con el machete se dio cuenta, corrió hacia la reja y tiró un machetazo hacia mi hijo. Felizmente falló por poco: el machete cayó en la reja y sacó chispas contra el metal de las barras. Casi se lo bajan, hermano.

- Pero tú te quedaste ahí. ¿Qué pasó?

- El mocoso de mierda ahora se estaba acercando a mí, moviendo el machete en el aire. Yo le apunté con la reglamentaria para que se detuviera, pero el huevón siguió avanzando. Me lo bajé, hermano. Un tiro. Y de ahí corrí.

- Mierda.

- Cuando la policía llegó, ya no estaba el cuerpo, ni siquiera la pañoleta quedaba. De ahí se enteró la prensa. "Policía mata a barrista menor de edad". Para eso sí sirve la prensa, ¿no? Para decir que el mocoso era primer lugar en su clase, un buen hijo, y todo eso. Pero el huevón era un pandillero. Y el que se quemó fui yo. Mi superior me dijo: "Aquí hay dos opciones: o te vas tres meses a la cárcel, o pagas la reparación civil". Yo no tenía para la reparación, así que me fui adentro. Tres meses. Adentro la pasé peor que cualquiera de estas basuras.

- Qué jodido ... aquí a la derecha, por favor.

- Ok. A mis hijos los tuve que mandar fuera del país, para protegerlos.

El hombre me miró a los ojos a través del espejo retrovisor.

- ¿Tú crees que tengo el mismo nombre que antes?

No creo ni siquiera que seas la misma persona, pensé.

- Un tiempo después de que salí, me ofrecieron restituirme a la policía, pero yo dije que no. Volver a la misma mierda. No, hermano, ya no. Ocho años fueron suficientes, más todo lo que tuvo que soportar mi familia. De los veinticinco que fuimos de entrenamiento al Medio Oriente, diez están muertos, diez siguen en la fuerza y cinco son delicuentes.

- Qué fuerte. Es aquí, a mitad de cuadra.

Estacionados frente a mi casa ahora, con el motor encendido. Mientras terminamos de conversar, le pago los diez soles de la carrera.

- Sí, hermano. Este país es una mierda en ese sentido. Si una de estas lacras te ataca, te defiendes y terminas matándolo, el que pierde eres tú, aunque sea por defenderte. Por eso, si cualquiera de estas basuras te ataca, mátalo, hermano. No lo dudes. Sin pensarlo dos veces, mátalo. No esperes a la ambulancia. Eso sólo te va a traer problemas. La prensa va a sacar de repente que era un menor de edad, primer lugar, buen hijo y quién sabe qué más. Pero era un pandillero, y lo que quería era matarte.

- ...

- Te deseo lo mejor, loco. Cuídate mucho.

- Tú también, hombre. Que tengas mucha suerte.

El ex-policía extiende la mano, se la estrecho. Lo veo a la cara una vez más antes de bajar. La station wagon blanca parte mientras abro la puerta de mi casa, la veo doblar la esquina.

Entro a casa, mi mamá está despierta.

- ¿Cómo te fue? -me pregunta.

- Ah, bien, bien.

- ¿Por qué te quedaste tanto tiempo en el taxi afuera de la casa?

- Siéntate. Tengo una historia interesante que contarte.

4 comentarios:

Carla dijo...

Wow! Esa salida de por el cumple de Maiki fue muy fructífera! :O ya sabía eso de la prensa. He estado codeandome con esa gente por más de un año y hasta tergiversan las cosas para "vender" más. No me extraña nadita lo que te contó el policía! También creo que eso viene desde lo que enseñan en las universidades o institutos para ser periodistas, no?

Luciano dijo...

Qué fuerte. Qué pena también. Y al final, no puedo evitar sentirlo, qué miedo.

Joel Jones Pérez. dijo...

Triste y desesperante... (y bien escrito)

Nos falta tanto por avanzar...

Yazmin dijo...

Buena historia, buena narrativa, nivel de detalle. Pero al saber que fuiste tú, como te dije aquel día, no pude evitar preocuparme y hubo algo que me corrió por el cuerpo una sensación que seguro tuvo aquel pobre hombre el día en que perdió y ganó a la vez, cuando le dio la cara a la realidad del pais y éste se la volteó.